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Orígenes de la milagrosa imagen del Niño Jesús de Praga (1556)



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Todas las cosas tienen un poco de leyenda. Y cuanto más grandes, más. Somos nosotros los que las envolvemos con los bellos tules de las leyendas, para hacer desaparecer de las cosas lo que no nos gusta de ellas. Por eso las zambullimos en el misterio sin fondo de la leyenda, para que al salir de él, sean bellas, espléndidas, hechas a nuestro talante.
También la Imagen del Milagroso Niño Jesús de Praga tiene su leyenda. Y muy bella por cierto. Era allá por los acabijos de la Edad Media. Entre Córdoba y Sevilla, al sur de las márgenes rientes del Guadalviquir, hay un monasterio famoso lleno de monjes con luengas barbas y ásperas vestiduras. Una incursión agarena lo redujo a un montón informe de ruinas. Sólo cuatro frailes se salvaron de la catástrofe. Entre ellos está Fr. José de la Santa Casa. Leguito con corazón de santo y cabeza y manos de artista. Pero, sobre todo, con un amor volcánico a la Santa Infancia del Señor. En cualquier oficio, que la obediencia le mandase, se le encontraba infaliblemente entretenido, pensando y hablando con el Niño Jesús. Después contará al Padre Prior que muchas veces le pedía que se dejase ver de él como cuando estaba con María y José en la Santa Casa de Nazaret.
Un buen día Fray José está barriendo el pavimento del monasterio. De repente se le presenta un Niño de fascinante hermosura y entre ambos se establece el siguiente diálogo:
-¡Qué bien barréis, Fray José, y qué brillante dejáis el suelo! ¿Serías capaz de recitar el Ave María?
-Sí.
– Pues entonces, dila.
Fray José deja a un lado los objetos de limpieza, se recoge, junta las manos y con los ojos bajos comenzó la salutación angélica. Al llegar a las palabras “et benedictus fructus ventris tui”, el Niño le interrumpe:
-¡Este soy yo! Y en seguida desaparece. Entonces Fray José grita extasiado:
– ¡Ven, retorna, Pequeño Jesús, porque de otro modo moriré del deseo de verte!
Pero Jesús no vino. Y Fray José no hacía más que repetir su endecha amorosa en la capilla, en el jardín, en la celda…, en todas partes. Al fin sintió la voz de Jesús que respondía a su requerimiento amoroso:
-“Vendré, mas cuida de tener todo preparado para que a mi llegada hagas una estatua de cera en todo igual a como soy”.
El sencillo leguito fue a contárselo todo al Padre Prior, pidiéndole cera, un cuchillo y un pincel. El Superior se lo concedió con gusto y Fray José se entregó con ilusión a modelar en cera el Niño visto. Cada imagen, salida de las manos del improvisado artista, era más bella que la anterior. Y así Fray José la deshacía y la tornaba a esculpir, soñando siempre con el retorno de su adorado Niño.
Al fin, una vez, cuando el leguito estaba ocupado en este su quehacer preferido, se le presenta el Pequeño Jesús, circundado de bellísimo ángeles. Fray José, en éxtasis, pero con la mayor naturalidad, pone los ojos en el Divino Modelo, y con las manos va envolviendo el leño, que tenía preparado, con cera, dándole la misma forma. Coge luego el pincel y distribuye los colores sobre el rostro, manos, pies y vestidos, exactamente como los tenía Jesús. Ahora el artista, se retira unos pasos de su obra; contempla despacio a Jesús; vuelve a posar sus ojos sobre la estatua y, al hallarla igual al Modelo, prorrumpe en gritos, risas y lágrimas y cae de rodillas delante de ella, posando la cabeza sobre las manos juntas, aún calientes con la fiebre del arte amoroso y… ¡murió! Los ángeles recogieron su espíritu y lo metieron en el cortejo del Pequeño Gran Rey, llevándolo consigo al Paraíso.
Poco después, los monjes lo encontraron así. Y comprobando que Fray José estaba muerto, lo sepultaron, reverentes, en el cementerio del monasterio, llevando procesionalmente la Milagrosa Imagen a la Iglesia y colocándola en uno de sus altares. Aquella misma noche Fray José se apareció al Padre Prior, comunicándole lo siguiente: “Esta estatua, hecha indignamente por mí, no es para vosotros. Dentro de un año vendrá Dª Isabel Manríquez de Lara, a quien se la daréis, quien a su vez la entregará a su hija como regalo de bodas, quien la llevará a Bohemia y de la capital de aquel reino será llamado “Niño Jesús de Praga” entre los pueblos y naciones. La gracia, la paz y la misericordia descenderán a la tierra, por El escogida para habitar en ella; el pueblo de aquel reino será su pueblo y El será su “Pequeño Rey”.
Y, efectivamente, al año en punto, Dª Isabel, en un viaje de recreo por la espléndida vega del Guadalquivir, tropezó con el lugar solitario del monasterio en ruinas y el Prior, ya el único superviviente, le entregó la Milagrosa Imagen, contándola su fascinante historia. La devota dama, llena de alegría, se la llevó en compañía de sus fieles criados Lorenzo y Murgo a su castillo de Sierra Morena, muy cerca de Córdoba. Y aquí la Leyenda cede el paso a la Historia.
Porque de toda esta larga cuanto preciosa leyenda, así como de las cortas leyendas que a su alrededor se han ido formando, como la del origen teresiano de la Milagrosa Imagen, siendo Santa Teresa quien se lo entregara a Dª María Manríquez de Lara, o la del origen italiano de la misma, simplemente porque Dª Isabel lo era, una cosa puede deducirse con toda seguridad: el origen español y, en concreto, andaluz, de la Santa Imagen. Es todo y el único material aprovechable que nos brinda.
En efecto, cuando en 1526 un Habsburgo se ciñó la corona de Bohemia, los enlaces entre las familias aristocráticas española y esclava se repitieron, siguiendo el ejemplo del mismo Emperador Maximiliano, que se desposó con la Infanta María, hija de Carlos V, su primo. Cuando la Emperatriz partió para Praga en 1547, entre sus damas de corte iba Dª María Manríquez de Lara, hija de D. García Manríquez de Lara, de la linajuda familia de los Mendozas, y de Dª Isabel de Bregsano, de noble familia italiana. En la Casa Solariega de los Manríquez de Lara de la región cordobesa se veneraba una preciosa imagen del Niño Jesús. Cuando en 1556 D° María Manríquez de Lara se desposó con el noble checo Vratislao de Pernsteins, a quien había conocido en el séquito del Emperador Maximiliano en su primera visita a España, se llevó consigo a Praga la devota estatua, sea como regalo de bodas sea por simple devoción de la noble dama.
En Praga, el Santo Niño siguió gozando de las preferencias religiosas de Dª María Manríquez de Lara, quien conquistó para el mismo amor a su esposo Vratislao de Pernsteins o Pernstyn, muy apreciado en la Corte Imperial y gran Canciller del Reino de Bohemia desde 1567. Munífico protector de las artes y él mismo famoso arquitecto, levantó en su villa de Litomyisl un espléndido Castillo Solariego en 1567, en cuya capilla es seguro que también fue venerado el Pequeño Rey. En 1582 moría en la paz del Señor el noble checo, rodeado de su fiel esposa Dª María y de sus numerosos hijos.
Muerto su esposo, Dª María se retiró a su Castillo de Praga, muy cercano del Palacio Real, y se entregó de lleno a la educación de sus siete hijos, dos varones y cinco mujeres, de los veinte que el Señor la había concedido en su fecundo matrimonio. Los varones se llamaban Juan y Maximiliano; y las mujeres, Juana, Heudwiges, Bibiana, Inés y Polyxena. Esta era la preferida de D° María. Quizá porque era de las mismas brillantes cualidades que ella. Al unísono los historiadores checos hacen resaltar el papel preponderante que ambas damas desempeñaron en el Catolicismo checo. Al morir Dª María fue enterrada en la capilla familiar de la Catedral de San Vito de Praga. A nosotros no nos interesan directamente las apreciaciones de dichos señores sobre ambas damas y si sólo el que hayan sido las propietarias de la Imagen Milagrosa y que ambas, con singular amor, acunasen su Devoción.
Polyxena se casó con Guillermo de Rosenberg, una de las familias más nobles del Imperio, que durante treinta y tres años fue Gobernador Supremo del Reino de Bohemia. Moría en 1592. Bien como regalo en dichas bodas o como muestra de especial cariño de D° María para con su hija preferida, le dio su gran tesoro del Santo Niño, que la consoló en la desgracia de la muerte de su esposo. Las excepcionales cualidades de la Princesa viuda la llevaron de nuevo al matrimonio con el noble checo Zdenek Adalbert de Lobkowitz, no menos ilustre que el anterior esposo, 1603. En 1628 moría igualmente éste su segundo esposo y en este año memorable la atribulada señora entra en escena con su precioso Niño ante los Padres Carmelitas Descalzos de Praga.
Este es el veredicto de la historia sobre los orígenes de la Milagrosa Imagen del Niño Jesús de Praga, confirmado por la misma iconografía. El conocido profesor checo, Dr. Josef Olsr, escribe: “Las numerosas copias del Milagroso Niño Jesús de Praga, esparcidas por el mundo, se asemejan al original sólo esquemáticamente. Presentan, en efecto, las facciones de los niños nórdicos, mientras que el original tiene rasgos moriscos, es decir, ojos vivos y cabellos negros, coloreados a intervalos, pero no del todo, de ocre, lo que explica precisamente su origen español. Efectivamente, cuando, en la segunda mitad del siglo VI, María Maximiliana Manríquez de Lara se casaba con Vratislao de Pernstyn, en la región meridional de la península ibérica, era corriente este estilo, llamado “gitano”.
En conclusión: el origen español de la Milagrosa Imagen del Niño Jesús de Praga se apoya en dos argumentos incotrovertibles; primero, el hecho de haber sido llevado de España a Praga por Dª María Manríquez de Lara; y segundo, porque las características escultóricas de la estatua están proclamando su pertenencia a la Escuela de Escultura Religiosa Andaluza del seiscientos.
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Fuente: “Historia del milagroso Niño Jesús de Praga” por Alberto de la Virgen del Carmen, Carmelita Descalzo. Segunda Edición. Editorial de Espiritualidad. Madrid. 1960. Págs. 25-29.
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